UNA NOCHE QUE YO MIRABA EL CIELO

 Ella vino a mi lado, y, sonriente:

"-¿Porque miráis, amigo, hora tras hora,

el día decrecer, venir la aurora,

o el astro de oro alzarse del oriente?

¿Qué buscáis allá arriba, en fría calma?

Dejad el cielo, y contempla el alma.


En el cielo impasible, en donde presos

los sentidos tenéis y alma sumisa,

¿qué encontrareis que iguale a mi sonrisa?

¿qué encontraras que valga nuestros besos?

¡Ven!, sonda de mi amor la casta hondura:

¡mas astros hay en él que hay en la altura!


¡Cuantos soles!...¿Lo ves? Cuando lo enciende

el amor, todo es luz nuestro horizonte.

Aún más que Venus sobre sobre el arduo monte,

sobre el dolor la abnegación esplende.

Más clara que ese azul, de enigmas lleno,

más honda inmensidad guardo en mi seno.


Bello es mirar un astro en el levante;

lleno está el mundo de divinas cosas;

dulces las albas son, dulces las rosas,

pero es más dulce la emoción del amante.

En ella el alba verdadera apunta:

rayo que el alma con el alma junta.


¿Qué vale el rastrear, mi bien amado,

de esas estrellas tímidas la huella?

Dios que quiere tu bie, puso a la estrella

muy lejana de ti, y a mí a tu lado.

Y dice a los que escrutan el vacío:

"¡Vivid!, ¡amad!, que lo demás es mío"


¡Amemos, que eso es todo, y Dios lo ordena!

Deja el cielo que pálido se dora:

en los ojos verás de quien te adora,

belleza mas gentil, luz más serena.

Amor nos labra, al revelar lo eterno,

alma más grande en corazón mas tierno.


¡Ven bien amad, ven: todo conspira

en torno, a nuestra unión!, ¿no ves acaso

cómo sonríe el mundo a nuestro paso,

y canta nuestro amor como una lira?

¡Ven: ámame sin fin: deja tus ciclos!

¡Mírame sólo a mí, que tengo celos!"


Así mi amada murmuró suave,

con un albor sobre su faz divina,

la mirada de un ángel que se inclina,

y su ademán que adoro, y su voz grave.

Bella y tranquila, y junto a mi encantada,

así suave murmuró mi amada.


En éxtasis latía nuestro pecho;

las rosas aromaban circunstantes...

¿Qué has hecho, selva en flor, de esos instantes?

¿De esos transportes, campos, qué habéis hecho?

¡Ah, nos rigen, Señor, leyes sombrías,

pues huye un día tal como otros días!


¡Oh recuerdos!, ¡penumbra que atesoras

ilusiones de ayer, glorias pasadas;

cara luz de las cosas eclipsadas,

irradiación de las perdidas horas!

Como de afuera y del umbral de un templo,

con pensativo espíritu os contemplo!


Cuando al placer suceden los pesares,

toda esperanza juvenil dejemos;

acabada ya el nectar , arrojemos

la copa de oro al fondo de los mares.

¡Oh, el olvido, el olvido!, ¡onda siniestra

donde se hunde por fin la gloria nuestra!


Victor Hugo